
Ya desde la época colonial Sihuatehuacán, ahora Santa Ana, fue un lugar
atrayente por sus tierras, gentes y paisajes. Por los años 1555 se establecen
aquí las primeras ciudades españolas por ser las tierras adecuadas para el
cultivo del cacao.
Esta seguridad y bonanza económica permite la creación de las llamadas Juntas de
Fomento, cuya finalidad era la de velar por el engrandecimiento y ornato de las
ciudades. Así se creó la Junta de Fomento de Santa Ana en 1889, la cual en vista
del interés que manifestaba la población, realiza el proyecto del Teatro de
Santa Ana.
La junta procedió a buscar un terreno apropiado para la construcción del teatro,
en ese entonces ya declarado como Proyecto de Utilidad Pública. El terreno
seleccionado estaba al costado norte del Parque Central y ere conocido como el
Portal Bernal. Fue expropiado y los propietarios recibieron una justa
indemnización en pago.
Inicialmente, el terreno era de media manzana pero la comunidad pide a través
del Diario de El Salvador en 1895, que se comprara también para jardín del
teatro el terreno de lo hoy conocemos como Parque Kessels.
Un año más tarde, se promueve el primer concurso de planos del teatro, los
participantes fueron el mexicano Tomás Murray y el salvadoreño Eustaquio Salvo.
En 1901, el Gobierno Central asigna nuevos fondos a la Junta de Fomento y
destina el impuesto de doce y medio centavos por cada quintal de café que se
exporta procedente del departamento de Santa Ana para atender el ornato,
construcción y mobiliario de la expresada obra. La capacidad del teatro debería
de ser de 800 personas, esta capacidad haría del Teatro de Santa Ana, el más
grande de nuestro país.
Los planos finales fueron hechos por el Ingeniero Domingo Call, la licitación
pública para la construcción del inmueble fue ganada por la compañía Sociedad
Constructora de Occidente y la primera piedra se colocó, con la alegría de todos
los santanecos, el 9 de febrero de 1902.
Dos años y medio más tarde la majestuosa obra estaba terminada en su primera
etapa, con mucho entusiasmo se licita la segunda etapa que consistía en la
decoración y amueblamiento de la obra. En este concurso participaron importantes
personalidades entre los profesionales salvadoreños: el arquitecto Pascacio
González, José Peralta Belmes y también Francisco Lenca. Sin embargo, la
propuesta aceptada fue la de los arquitectos italianos Francisco Durini y
Cristóbal Molinari residentes en Costa Rica y con experiencia y conocimiento en
el montaje de equipo y decoración de teatros.
Bajo la gestión municipal de Emilio Bolaños se contratan los servicios de los
artistas italianos Luigi Arcangeli, Guglielmo Aronne, Antonio Rovescali, Luigi
Picozzi, y otros. A ellos se les unen jóvenes artistas y artesanos nacionales,
quienes colaboran en equipo para producir la rica decoración del teatro. Dentro
de los colaboradores se destaca doña Luz García de Salgado, quien fue discípula
del pintor Arcangeli y posterior restauradora de sus pinturas.
El 27 de febrero de 1910 se inauguró oficialmente con la presentación de la
ópera Rigoietto.
El 15 de diciembre de 1933, época de mayor crisis que haya vivido el país, el
teatro es entregado para su administración al Circuito de Teatros Nacionales que
lo ocupa para proyección de películas.
En 1979 el edificio es entregado a la Administración del Patrimonio Cultural del
Ministerio de Educación para que se iniciaran los trabajos de restauración,
mismos que son suspendidos en 1981 por falta de recursos debido a la crisis
política y económica que atraviesa el país.
Por su organización y distribución especial, pertenece al género de teatro
catalogado como teatro de proscenio. Este tipo de teatro se desarrolló desde el
siglo XVIII en Europa y se caracteriza por un arco que claramente marca la
división entre el escenario y la audiencia.
La bóveda estaba decorada con retratos de Rossini, Gounod, Wagner, Bellini,
Verdi y Beethoven, rematando con lienzos alegóricos y otros imitando globelinos.
Antes y después del programa, el público podía admirar el telón, llamado de boca
excepcional trabajo de estilo Art Noveau, pintado en Milán, Italia en tonos
pastel, por el famoso Rovescalli, de él salían los artistas a recibir los
aplausos al final de las representaciones.
A los lados del Gran Salón había áreas destinadas para los descansos entre actos
y fiestas. Al igual que el resto, éstos estaban decorados con lienzos en los
cielos falsos y pinturas murales en las paredes, cortinajes verdes y rojos,
muebles estilo Luis XV y VXI, y ventanas con vidrios de colores creando un
efecto encantador.
Por último el escenario. De proporciones amplias y adecuadas donde se podían
montar hasta cinco juegos de telones, tenía un sistema de tramoya e iluminación
inmejorables en la época, por otros teatros del país. Una pila de agua debajo
del escenario, servía para optimizar la acústica. Frente al escenario y junto al
público, un espacio en desnivel para la orquesta.
Actualmente CONCULTURA y la Asociación del Patrimonio Cultural de Santa Ana,
APACULSA, realizan gestiones a nivel nacional e internacional a fin de lograr el
rescate de nuestro centro histórico, que incluye al Teatro Municipal.